lunes, 15 de junio de 2015

Fuancho era un tipo muy apreciado en su pueblo y también muy conversador. Ese día estaba en el patio de su casa acicalando un gallo de pelea, cuando entró su compadre Arnulfo.

-¡Compadre! Que gusto verlo por aquí. Al fin se deja ver- Saludo Fuancho.
-Así es compadre. He estado ocupado en la cosecha de este año y no veía el momento de pasar a saludarlo y conocer su aventura de hace unos meses. Todo mundo habla de ella. Yo también me enteré
en los noticieros y aquí estoy, con dos “piponas” para escucharle todos los detalles.

Destaparon una botella y se sentaron a charlar.
-Así es compadre. Yo estaba haciendo una diligencia en Montería cuando me enteré que estaban inscribiendo un personal para unas pruebas de destreza y habilidades a nivel de la costa. Había que ausentarse durante 15 días sin paga alguna, solo el ganador se llevaría el premio. Por eso el único que se atrevió fui yo. Regresé a casa, recogí mis chiros y me fui. Nos reunieron en Sincelejo y se inició la competencia.

Prueba clasificatoria.
Desde que llegué comencé a dialogar con los demás participantes para ir formándome una idea y establecer las posibilidades que tenía.
La prueba inicial para la clasificación estipulaba que el ganador tenía el privilegio de enfrentar a todos los demás participantes. Consistía esta prueba en el que durara más tiempo debajo del agua en una piscina.

San Andrés era un muchacho súper activo. Pensé que a lo mejor nadaba más de lo que hundía. Me impresionó también la musculatura y corpulencia del cartagenero -¿Será de La Boquilla o de La Heroica?- Me preguntaba. Porque esos tipos de La Boquilla no solo nadan sino que bucean. Recuerdo una noticia que salió en un periódico capitalino. Una familia de La Boquilla regresaba como a la una de la mañana de una fiesta familiar en Cartagena, la lancha zozobró y uno de ellos comenzó a nadar y se colgaron de sus hombros y cintura tres familiares. A las cinco de la mañana tocó tierra en La Boquilla. Salvó a dos porque una se cansó y se soltó.

Si es de Cartagena ¿De qué barrio será? Si es de Canapote, La Popa o de La Piedra de Bolívar lo tengo frito, pero si es de la desaparecida Chambacú estoy envainado, esos pelaos sí sabían nadar y hundir y lo practicaban todos los días en los muelles capturando las monedas que los turistas lanzaban al agua.
«Pero, qué carajo -pensé- yo también tengo lo mío. Si frente a la avenida primera de Montería, yo me tiraba de una canoa en mitad del río Sinú con dos galones de esos de aceite y no volvía a salir hasta que los llenaba de arena. Y eso, subía con uno en cada hombro».

En cuanto a los demás participantes los fui analizando.
Ese tipo de Sincelejo qué va a saber de buceo. La única vez que habrá aguantado la respiración sería cuando le tapaban la nariz para que se tomara el purgante contra los parásitos del agua. Por eso es que les dicen “barriga verde”.

El barranquillero tampoco sabe de eso. Son contados en Barranquilla los que conocen el Río Magdalena y los que lo han visto solo conocen el paso por el puente Pumarejo (Laureano Gómez) o del muelle. Cuando van al mar a Puerto Colombia o Salgar, van borrachos, como los sincelejanos cuando van a Tolú.

El samario igual. Esos tipos solo la vacilan en la playa del Rodadero y en la Avenida mirando las tanguitas y van al Morro a visitar el acuario, pero en lancha.

El vallenato tiene como costumbre lanzarse al Río Guatapurí en Puerto Hurtado, porque lo demás es puro peñones. Ellos van ahí más que todo es a comer sancocho, hartar ron y bañarse.

El guajiro menos ¿Cómo va a practicar buceo en un charco de sal en Manaure? En Maicao solo saben de comercio y en Riohacha qué se va a poner uno a bucear si con ese poco de cocoteros y árboles en la avenida lo que dan ganas es de guindar la hamaca, tomar ron y comer chivo guisado.

Bueno, se inició la prueba clasificatoria y le tocó el turno al sanandresano. El isleño resultó ser un raizal de Providencia y además, como pasatiempo, practicaba buceo arrancando pedazos de corales que regalaba a las chicas del interior del país que visitaban la isla.
«Carajo, para arrancar un pedazo de coral hay que bajar y darle duro con el martillo y el cincel y eso significa varios minutos debajo del agua ¿Será posible que este tipo me supere?»

El isleño se lanzó al agua y se dejó hundir hasta quedar sentado en el fondo de la piscina. Yo veía que de vez en cuando salía una burbuja de aire y pensé «me la va hacer». Cada segundo me parecía un minuto « ¿Qué será, acaso piensa ensuciar allá abajo?». Al momento reventó un montón de burbujas y más atrás venía el tipo todo desesperado. Yo enseguida me la pillé y salí corriendo y pedí prestadas varias monedas de 200 y 500 pesos. El barranquillero no tenía monedas y le quité una medalla que le había dado su mamá como recuerdo. « A mí no me va pasar lo mismo. Ese tipo perdió porque no tenía nada que hacer ni dónde agarrarse».

Me tocó el turno y lancé las monedas al agua, cogí aire y antes de zambullirme escuché al barranquillero que decía: “¿Y ese corroncho qué va comprar allá abajo? ¡Como pierdas mi medalla te levanto a puños!” Las monedas se regaron por todos lados en el fondo inclinado de la piscina. 
Yo empecé a nadar rozando la barriga contra el piso. Encontré las dos primeras monedas del lado derecho de la piscina. Miré hacia arriba y vi las figuras borrosas del juez y los compañeros corriendo por la orilla y siguiendo mi trayectoria. Solté la primera bocanada de aire al minuto y 23 segundos. Todo eso lo registraba el juez.

Fui al centro y encontré la tercera moneda, después, del lado izquierdo, la cuarta. Ya había botado la mitad del aire. Nadé hacia la parte más profunda del lado derecho y ahí en toda la esquinita estaba la quinta moneda. Faltaba la dichosa medalla. Me fui por toda la pared de la parte más honda hasta la izquierda y no la veía. Allí encontré una rejilla de cobre por donde la motobomba sacaba el agua de la piscina. Habían pasado tres minutos y me quedaban como tres bocanadas de aire. Me asomé y ahí estaba la medalla. Mi mano no cabía por la rejilla. Busqué y como a cuatro metros vi un pitillo de gaseosa, sí, porque yo tengo una vista buena. Lo traje e intenté sacarla pero no pude porque se resbalaba. Ya con el último aliento decidí arrancar la rejilla. La agarré firmemente y tiré de ella. Se vino con un pedazo de concreto, la medalla y como un metro de tubería como de seis pulgadas.

Cuando salí ya no tenía ni fuerzas para respirar y me extrañó que todos estuvieran de espalda a la piscina “¡Ajá y ahora qué hice! ¿Por qué están bravos?” Estaban mirando que la motobomba se había caído del burro de concreto donde estaba atornillada.

Prueba contra el bolivarense.
El juez anunció la prueba: “Pelea utilizando protectores y guantines”.
«Ahora sí la estoy viendo negra, o mejor, negro. Hasta aquí llegaste Fuancho. Este tipo es el mismísimo Rocky Valdés» pensé yo. Enseguida los compañeros y las otras personas se agarraron de las manos e hicieron un círculo y coreaban “Rocky, Rocky, Rocky” Caray ¿Será que me están cogiendo rabia? El tipo se quitó la camisa y ¡mire…! Eso tenía músculos hasta en las orejas.

Alguien me puso un pie sobre las nalgas y me empujaron, no me dieron chance ni de cambiarme las abarcas por unos tenis. El cartagenero avanzaba hacia mí y movía el torso hacia delante, hacia la izquierda, hacia la derecha, haciendo waving. Yo estaba con mi guardia montada. Aún tenía la camisa puesta, así como siempre la usaba, los tres botones de arriba sueltos y un nudo abajo, en la cintura. En ese momento me di cuenta de algo: bueno y yo para qué carajo llevo la camisa así, si más pecho tiene un morrocoyo que yo. 

De pronto el tipo se paró, lanzó dos swing al aire y resoplaba como un toro, estaba como calculando la altura de mi cabeza. Me le acerqué y lance dos jacks de izquierda que se quedaron en sus guantes. Dos jacks más y le solté la derecha, él se giró y puso el hombro. Yo sentí que mi puño y mi pierna derecha rechinaron. Me tiró un recto y me agaché. Fue cuando aprecié el tórax del tipo, parecía como si se hubiera tragado cuatro balones.

Enseguida pensé «Por ahí no consigo nada, será darle en la cabeza, de pronto tenga mandíbula de cristal» Le tiré el Jack y enseguida el swing de derecha. Lo pelé. Todavía tenía el brazo extendido cuando me metió un upper de derecha en las costillas y me echó un metro hacia atrás. Yo estoy acostumbrado a retener aire, así que apreté el tórax, las mandíbulas y las nalgas. Boté el aire que me quedaba poco a poco y tomé más. El golpe me hizo daño y más porque tenía los pulmones resentidos por la prueba de la piscina. El tipo no quiso rematarme, tal vez quería divertirse más, a costillas mías, claro. Empecé a girar a su alrededor mientras me recuperaba plenamente. También le hice waving y eso como que lo enfureció. Me soltó tremenda derecha. Yo tenía el pie izquierdo adelantado, me agaché y lo pasé y enseguida le soplé la pata derecha que le cayó plena sobre las costillas. Yo oí como un coro ¡Oooh! Seguido de un profundo y largo silencio que se interrumpió cuando el cuerpo del tipo cayó sobre la mesa del juez y dos personas más. Todos corrieron a levantarlo, después se me vinieron encima.

-¡Oye, corroncho desgraciado!- gritaba el barranquillero- ¡así no se pelea!
-¡Estás descalificado!- me dijo el juez, quien tenía un brazo dislocado, ya que el tipo le cayó encima -¿Por qué razón?- Pregunté un poco nervioso pensando que querían lincharme.
-¡Con esa actitud haz violado los reglamentos!
-¡Cuál reglamento, cuál reglamento! Usted dijo una pelea con protector y guantines. No especificó que fuera boxeo clásico.
-¡Eso es verdad!- Gritaron a coro San Andrés y Sucre, apoyándome.

El isleño porque había simpatizado conmigo después de una larga conversación en donde me comentó que era de una prestante familia y como andaba aburrido se metió en este cuento donde ya se estaba aburriendo también. El sucreño porque también es sabanero y nosotros peleamos así: trompá, patá y mordisco como te dejes pillar. Pero eso era antes porque ahora no. Ahora uno no puede ni contestar un insulto porque le van soplando un tiro de una.
Como 20 minutos después me acerqué a disculparme con Cartagena, me dio pesar porque el hombre tenía la barriga hinchada y pintadas en las costillas los nuditos del cuero de la abarca.

Prueba contra el Sucreño
Después de la pelea me dieron 24 horas de descanso, por eso sospeché que debía ser una prueba dura.
El sucreño era un hombre alto, el más alto de todos pero de contextura normal. Ya había averiguado que era oficinista, trabajaba en una notaría y practicaba softball. Vino el anuncio.
-¡Prueba de rodeo, habilidad con el lazo!- Dijo el juez.
El sucreño me miró y sonrió « ¿Carajo, será que tiene experiencia en eso? Él es sabanero, así que no tiene nada de raro. Bueno, yo también tuve algunas experiencias cuando muchacho y además, me vi todas las películas mexicanas y del viejo oeste: Tan Bueno el Giro como el Colorado, El Caballo Blanco, El Siete Leguas, Siete Hombres y un Destino; Lo Bueno, lo Malo y lo Feo, Por unos Dólares Más y todas esas vainas».

Nos acercamos a recoger las sogas. Revisé y encontré una muy suave. Nos dieron cinco lanzamientos a un poste del corral para practicar. Yo fallé tres y el tipo ni uno. Me dije «este barriga verde me va dar pelea». El sucreño entró al corral soga en mano, los demás nos sentamos sobre las barandas del corral y soltaron el primer torete. Era uno para cada uno. Había que enlazarlo y tumbarlo de un tirón. El tipo alzó su lazo, le dio tres vueltas sobre su cabeza y lo tiró. Enlazó al torete por el cuello. El animal seguía corriendo, él también corrió hacia la baranda, pasó la soga por un poste y el torete sintió el tirón y quedó viendo hacia donde venía, pero no cayó al suelo. Se escucharon unos cuantos aplausos.

Me tocó el turno y me ubiqué a una distancia de las barandas igual al largo de la soga. Di la orden y el torete salió corriendo a lo largo de la baranda. La soga dio la primera vuelta sobre mi cabeza, luego la segunda y la sentí con la tensión requerida. Cuando el torete pasó junto a mí, tiré la soga. La observé como se alejaba, parecía una mantarraya en el fondo del mar. Pero fallé, solo le enlace un cacho. Me sentí tan frustrado que golpeé tan fuerte la soga contra el suelo, así como El Zorro golpea el látigo contra el piso, que se formó una onda que viajaba velozmente a través de la cuerda. Asombrado y sin soltar la soga corrí detrás del torete. La onda del lazo alcanzó y adelantó al torete como medio metro.
Paré, extendí la pierna izquierda hacia delante y encogí la derecha. Pasé la soga por la espalda, la agarré con la mano izquierda y el canto con la derecha a nivel del ombligo. Los cachos del torete entraron en el lazo, tiré y ¡cataplum! Quedó patas "pa’arriba". Lo demás fueron aplausos, ovaciones y vivas.

Prueba contra el Ñero.
Después de la prueba con el cartagenero yo sabía que el barranquillero quería enfrentarse conmigo, sobretodo en pruebas de fuerza. Yo lo veía como una persona de contextura normal. Cuando anunciaron la prueba empecé a sentirme incómodo.
-¡Prueba de baile!- Gritó el juez.
«Ojala le pongan un bambuco o un bolero» pensé yo. El hombre salió al ruedo y preciso, le pusieron Descarga Caliente, de Rubén Blades. Ahí confirmé mis sospechas de que el juez se las traía conmigo.

Enseguida el tipo se agarró los pantalones por las rodillas y los alzó un poquito, pegó los codos contra las costillas, alzó los hombros y extendió los brazos hacia delante.
-¡Fuera "e’mietda", se va a sollar el hombre!- Dije.
Eso quedó todo serenito moviendo los hombros y parecía como si tuviera un vibrador en cada rodilla.
Para colmo empezó a soplar una brisa cómplice como si le hubieran puesto un abanico en el jopo. Los pliegues del pantalón y de la camisa parecían un runrún o zumbador de barrilete. Luego daba saltitos, giraba y se contorsionaba.
-Como siga así van a tener que llevarlo donde el ortopedista para que lo desenrede- Comenté.
Bueno, al fin terminó el disco y la gente quería aplaudirlo, de verdad, pero no podían, porque desde el día que yo tumbé el torete les dolían las manos de tanto que me aplaudieron.
Me tocó el turno y me acerqué a la mesa del juez.
-¿Puedo pedir un disco?
-Nosotros escogemos el disco, pero no importa ¿Cuál disco quieres?- Me dijo sonriendo maliciosamente, como quien dice “estás perdido”.
Por supuesto, pedí “María Barilla”. Empezó a sonar el porro y yo me arremangué la bota izquierda del pantalón y alcé el sombrero con la mano derecha. Con los pulmones ya recuperados, lancé el guipirreo más grande del mundo: “¡Guipiiii!” Sentí que con ese guipirreo se me salió el alma también. Yo danzaba cadenciosamente pero… ¡carajo!... la abarca, ya debilitada con el tirón cuando tumbé el torete, se me partió. Todos se burlaron de mí. Me quité la otra y guipirrié de nuevo. El disco ya se estaba acabando.
«Tengo que hacer algo» Pensé

Tenía el sombrero en lo alto y se me ocurrió lanzármelo con fuerza para que sus alas rozaran mi cuerpo pasando de un brazo al otro, así como Ronaldiño lo hace con el balón. Pero la fuerza con que lancé el sombrero y el efecto que le di, levantó un pequeño remolino y me cayó tierra en un ojo. No vi cuando el sombrero pasó por mi pecho. Al momento sentí que algo me caminaba por la espalda desde el hombro izquierdo hacia el derecho. Giré la cabeza para ver qué era. Abrí la boca y pillé el sombrero con los dientes cuando terminaba la vuelta a mí alrededor.
Todos lanzaron sus gorras al aire y tronó un solo grito ¡Bravo, bravo, bravo!
Escuché también que alguien dijo ¡Repite eso!
«Repítelo no joda» pensé.

Prueba contra el Samario
El juez anunció:
-¡Prueba vuelo de cometas!
«Que vaina, si vamos a recordar la infancia, por qué no el trompo o bolita de uñita»
Nos dieron una bolsa plástica y tres palitos para armar la cometa. No nos dieron hilo o cordel. Ganaba el que elevara más alta la cometa. La prueba tenía un tiempo limitado. El samario rompió las medias e hizo la cola de la cometa. Yo, como tenía abarcas nuevas no pude hacer lo mismo. Saqué mi pañuelo, una toallita de esas de “agáchate y cógelo” y solucioné el problema. El tipo se quitó el suéter y empezó a ripiarlo. Yo hice lo mismo con mi camisa y como era manga larga, cuando elevamos las cometas le saqué como tres metros de ventaja. Enseguida el hombre se quitó el pantalón y quedó con una tanguita narizona. A mí empezó a complicárseme la cosa. Miraba para un lado y para otro y no veía nada que me sirviera. “Mierda, yo no puedo quitarme el pantalón”. Me rascaba la cabeza y el tiempo pasaba. “Mi mujer va tener problemas conmigo, yo le dije que cosiera esa vaina y además, me queda todo jetón”.
De pronto vi un pedazo de vidrio y con él corté las patas del pantalón. ¡Qué va! La cometa del samario estaba como un metro sobre la mía. «¿Y ahora? Tendré que usar el pantaloncillo» El hombre ya había hecho tiritas la gorra que tenía y me superaba como dos metros. Cogí el vidrio y medio lo apoyé sobre la pretina del interior y eso enseguida se rajó, ya de lo viejo. Amarré la tirita de tela que hacía de cordel a la punta del elástico del pantaloncillo.
-Eolito, ayúdame con un soplito- Supliqué.
Parece que Eolo me oyó, porque sopló una suave brisa sobre mi cometa y yo sentía que pedía más cordel. Así que el elástico empezó a desenrollarse y a desbaratarme el interior. Yo contorsionaba mi cuerpo para que saliera fácil. Ya sentía que medio pantaloncillo se había ido, la parte jeteada. De pronto me acordé: «mierda, el dolor va ser grande como el elástico se enrede con los pendejos».No, no llegó hasta allá porque un poquito antes está la costura del contrafuerte.

 Faltaban 10 minutos para que terminara la prueba y yo le sacaba como cinco metros al samario. Lo miré y estaba descuartizando una bufanda. Yo pensaba: «este tipo está haciendo trampa porque yo no lo vi venir con eso».
En el momento me cayó una gran preocupación. Cuando soplaba una brisita el elástico se alargaba más y se ponía tan delgadito que casi no se veía.
-¡Caray, se va a partir y pierdo la prueba!
Así que empecé a bailar hula hula para contrarrestar la acción. «Ahora estos tipos van a creer que la cometa mía está más alta porque la tengo amarrada en la cuestión cuestión».
La cometa del samario alcanzó la mía. Faltaba un minuto y medio. Yo tenía gripa porque en la prueba de la piscina me resfrié y no se desgarrar catarro por la boca sino por la nariz y eso me desagrada porque el catarro mío es como esa goma de pegar zapatos. Me entró esa carraspera y yo pensaba «Diosito, ahora no, mira que si toso se puede reventar el elástico». Yo sentía esa comezón en el gaznate. Tengo que soplarme, ni modo. Preciso, me soplé y por el esfuerzo el elástico se partió.
Desesperado brinqué y agarré la punta con los dedos llenos de catarro y se me resbaló el cordel, pero quedó unido a mi dedo ¡gané por un moco!

Prueba contra el Cesarense
«Pueda ser que no nos pongan a versear porque, aunque yo me se algunas décimas y cantos de vaquería, los vallenatos son muy conocidos en ese campo». El juez anunció la prueba.
-¡Prueba hípica, 1.800 metros en pista de arena!
-Carajo, eso es una exageración. Por lo que yo recuerdo son 1.600 metros máximo en pista de arena como se estipulaba en el Hipódromo de Techo, carreras que narraban por la Cabalgata Deportiva Gillette. Lo normal eran 1.200 metros. Y eso, en pista de arenita, allá en Fontibón. Acá es arena física en una playa «esos caballos van a reventar» pensé. Bueno, si la estrategia funciona en el ciclismo y en el atletismo, también debe funcionar aquí. Dejaré que me adelante y “chuparé rueda”. En la mitad del recorrido de los 900 metros de regreso lo rebasaré. Sonó el pistoletazo y yo por estar pensando me demoré en la salida. El tipo salió raudo y me sacó como 6 metros de ventaja. Intenté alcanzarlo, se dio cuenta y aceleró. Yo aflojé un poco y quedé como a diez metros. «Así está bien» pensé. Yo alzaba los codos y los estrellaba contra mis costillas gritando ¡Ea, Ea! También hacía ver que enterraba los talones en los ijares del animal, o sea, parecía totalmente desesperado.

El tipo miraba para atrás y aceleraba tratando de aumentar la ventaja. Ya estábamos dando la vuelta para el regreso. En la vuelta el hombre amplió la ventaja. Me incliné y con una mano acaricié el cuello de mi caballo y le dije: “Ahora si caballito, acuérdate de tu pariente Pegaso ¡A volar!” Yo juraría que me entendió porque con solo rozarle la jáquima por el cuello, empezó a volar. El hombre volteó y vio mi maniobra y comenzó a exigir más a su caballo. Faltaban 200 metros y el caballo de mi contrincante tenía las ancas mojadas por el sudor. «Este es mío» pensé. Dejé de chupar rueda, incliné la jáquima y mi caballo se abrió un poco, le toqué los ijares con los talones y grité ¡EA!

Yo no veía que mi caballo avanzaba sino que veía la meta, al juez y demás personas que volaban hacia mí. Miré al lado y vi que le sacaba una nariz de ventaja, luego una cabeza, un cuello, un cuerpo de ventaja ¡y hasta una cola!
Lo malo fue que se le salió el bozal a mi caballo y dice ese animal “ahora sí voy a correr”. Y yo sin poder hacer nada. “Si me tiro me rompo la crisma. Será agarrarme bien y esperar que se canse”.
No sé de dónde carajo salió un tipo y se paró en frente. Cuando íbamos llegando levantó los brazos y gritó: ¡Sooo...! Mire, ese caballo paró en seco y ahí te vas Fuancho. Caí sobre un palo de coco y quedé todo adolorido porque tumbé un gajo con 27 cocos que casi me sepultan.

Prueba contra el Guajiro
En esta prueba había opciones: juego de dominó o juego de póker. Como el guajiro era retador le dieron el derecho a escoger. Yo estaba nervioso porque para el dominó soy malísimo, lo único que sé es que hay que repetir fichas, pero si no tengo repetidas viene el mamita mía y si juego con pareja peor porque se me olvida que juego lleva el compañero. Pero estuve de suerte, porque el hombre pensando que yo era un tigre en dominó escogió las cartas.

Nos dieron $2.500.000 a cada uno, el que ganara, además de la prueba, ganaba lo que le quitó al contrario. El juez repartió las cartas. Yo solicité que el juez se alejara medio metro de la mesa, por siacaso, ya no confiaba en él. Se permitió el consumo de bebidas, yo solicité una cerveza y el tipo pidió un whiskey en la roca y se colocó gafas oscuras. Eso me causó risa y entonces me dije: “Esta va ser mi estrategia, sonreír a cada momento para camuflar mis emociones”. Es sabido que la psicología es preponderante en este juego, el mínimo gesto puede denunciar qué tipo de juego se lleva.

Dicen que el ajedrez es el juego ciencia y no tengo porqué discutir eso. El póker no será tan científico pero exige mucha inteligencia en su desarrollo. Y no es tan científico como el ajedrez porque interviene un parámetro que le quita lo científico: el albur. También hay algunos factores como la prudencia, la osadía y la astucia. Precisamente ésta es la que, ayudada por la inteligencia y la osadía, decide la partida.
Esos tips nerviosos como parpadeos, enarcar las cejas, arrugar la frente, cambio en el ritmo de la respiración, la forma como se tiran las cartas, la forma de moverse en las silla, etc., son partes de la astucia. Recordar los detalles anteriores y asociarlos con las cartas que se botaron, las cartas que se han podido ver, etc., es parte de la inteligencia. Las cosas anteriores nos dicen cómo está el juego. Así que hacer una apuesta, o revirarla es cuestión de osadía. Retirarse o abandonar una partida a tiempo es ser prudente. También lo es no atosigar con apuestas que provoquen el abandono del contrario cuando uno tiene una buena partida. Además de todo esto, hay un detalle que lo hace inteligente a la fuerza: el billete. A nadie le gusta perder plata.

Se inició la primera partida, un “tapao”. Apuesta inicial de 20 mil pesos. Yo puse en práctica mi estrategia: sonreír siempre y repetir mis movimientos. “$30.000 al centro y tres cartas” apostó el hombre. Yo emparejé la apuesta y pedí una carta. Solo tenía un par de nueve y llegó uno más y sonreí. “$30.000 más” dijo el tipo, “pago para ver” contesté. “Par de ases” mostró él, “tres nueve” contesté.
Recogí el dinero sonriente y pensé «el que pega primero puede pegar dos veces».

El resto del personal andaba por ahí, pero dos de ellos se turnaban para acompañar al juez que era el tajador. Como yo gané, pedí el mismo juego. “$30.000 y dos cartas” dije: “Sus $30.000 y 20.000 más” me respondió y pidió una carta. Yo emparejé y no le quité el ojo de encima hasta que vio la carta. ¡Qué va! El tipo estaba más serio que una boleta de la fiscalía. Yo tenía dos K y me llegaron dos ases, total, dos pares. Él debía tener tres cartas y esperaba otra para el póker, o tenía una escalera, por eso fue que reviró. «Me voy bajito y como revire alto le emparejo» “$20.000” dije. “Tus $20.000 y $50.000 más” contestó. “Pago para ver” dije. El hombre tiró sus cartas, no tenía nada. No le funcionó el truco.

Empezamos a jugar a las siete de la noche y eran las tres de la madrugada. Íbamos más o menos parejos. Yo pedí un “ruso” y pedí votar de las cartas destapadas. El juez repartió las cartas al frente de
cada quien y dio dos a cada uno. Recibí dos J y metí $20.000. El guajiro emparejó. El juez destapó mi primera carta, un A, y la primera de él, un 10. Metí $50.000 y él volvió a emparejar. Mi segunda carta fue otro A, la de él una K. «Hay que meter mono» pensé. “$50.000” dije. “tus 50 y 50 más” atacó.
¡Epa! Me timbré. O tiene tres K o tres 10 y se pasó agachado para no asustarme. Mi tercera carta fue A y para él un 10. “Voy 100”. Tenía que meterle, él podía tener tres 10, o póker de 10, o un full de 10 con K (o sea, tres 10 y dos K) o al revés. Yo tenía full de A con J. “Tus 100 y 200 más”, dijo. Ya estaba montado pero destapado, ni modo, emparejé. «Con el descarte sabré qué tiene» pensé. Yo no voté y por supuesto quedé confirmado. Solo tenía, analizaría él, tres A, un full o el póker. Seguro que esperaba mi descarte para confirmarlo. Como no voté el tipo se arrellanó en su silla. Él voto la K y le llegó una J. Pensé «tiene tres 10 o póker y se va a arriesgar. “Voy $500.000”. Emparejó. Volteé mis dos J y él par de 10, que con los dos abiertos hacían el póker. No me quitó más plata porque los tres A lo “aculillaron”.

A las 6 AM iba perdiendo $1.300.000. Nos paramos a desayunar. Estuve sentado en una silla plástica, me toqué las nalgas y la espalda y tenía más cuadritos que mantel de restaurante chino.
Después del desayuno enganchamos nuevamente. Tuve una hora de muy buena racha, me había recuperado y solo perdía $30.000. Los demás participantes que se estaban levantando empezaron a protestar y pedir al juez que declarara empate. El juez nos dio una hora más de juego.

El guajiro pidió una cruz. Ese juego es pesado y quiebra a cualquiera. El juez colocó cinco cartas sobre la mesa en cruz y dio dos a cada uno. Cada cual juega con sus dos cartas y tres de la cruz vertical u horizontalmente. El hombre miró sus cartas. “Voy $50.000”; yo emparejé. El juez volteó la carta de arriba, un 9. Yo no llevaba nada, un 10 y una K de diamantes. “$50.000” apostó. Volví y emparejé.
Abrió el juez la carta de la izquierda, una J de diamante. “Paso” me dijo. “Voy $100.000” ataqué. Me emparejó. La carta de abajo era un A. “$200.000” apostó. Analicé la cuestión: «Máximo tendrá tres A». Emparejé. La carta de la derecha era una Q de diamante. “200.000” volvió atacar. Emparejé.
La estrategia mía se fue al carajo, por la cantidad apostada hasta el momento, $1.200.000, estaba asustado. Además, ya me dolía la cara de tanto sonreír. El guajiro también estaba igual porque se quitó las gafas. Se abrió la carta del centro, un A de diamante. Se necesitaron 14 horas para que el guajiro sonriera por primera vez en el juego y la causa era el nerviosismo porque a lo mejor tenía póker de A”.
Voy $200.000” me dijo. “Tus 200 y mi saldo” «me lo pillé» pensé, pero era que el tipo estaba armado con su póker de A. El hombre aceptó y el juez contó el saldo de cada uno. Estábamos parejos. Colocó los dos paquetes de billetes en el centro de la mesa y me dijo: le toca mostrar. Coloqué mis cartas a la izquierda y derecha de la cruz: 10, J, Q, K y A. Escalera de diamantes. El tipo le dio un manotón a la mesa, tan fuerte que cayó sobre el pie del juez lastimándolo.

Prueba contra San Andrés
Cuando yo escuché en que consistía la prueba, me dije: “Esa sí es la prueba que corona esta competencia”. Consistía en enamorar una chica y pasar una noche con ella. Eso parecía fantástico, todos los demás lamentaban no haber tenido esa opción. El isleño tenía una sonrisa de oreja a oreja. Yo comencé a idear mi estrategia, pero cuando vi la chica se me aguó la pajarilla. Era una chica muy linda, pero blanca e interiorana. Enseguida pensé: «este tipo me dio por la torre. El tipo es bien parecido y ni que fuera feo, pues todos sabemos que cuando una chica de estas ve a un isleño se va en babita».

El primer turno fue mío, una hora. Me senté en una mesa bien adornada con un solitario en la mitad, al lado una botella de champaña en hielo, unos platillos con maní y aceitunas y otras cosas. Yo estaba erguido en mi silla y así de rapidez decidí como sería mi introito. La vi venir y observe como se contoneaba como si estuviera en pasarela. Me paré para recibirla y le saqué la silla.
-¡Hola!
-¡Hola!- me contestó muy sonriente y aceptando la silla que le ofrecía.
Enseguida saqué la flor del solitario y se la ofrecí.
-Una flor para una niña tan linda- «Toma, isleño, chúpate esa» pensé.
-¿Cuál es tu nombre?- me preguntó.
-¿Yo? Me llamo Fuancho- Noté que arqueó una ceja.
-¿Tú te llamas o a ti te llaman?
-¡Ah, sí claro! Me llaman- «ya la embarré» me dije.
-¿De dónde eres?
-Yo soy de Cotdoba- «carajo, otra vez la embarré»
-¿Acostumbran vestirse así en Córdoba- Pronunció la R con fuerza- con camisa manga larga y por fuera?- No pensé que mi forma de hablar le molestara.
-¡Oh! No todos, por supuesto. Lo que pasa es que a veces queremos sentirnos cómodos, por el calor.
-Pero en el país ustedes tienen fama de ser ordinarios.
-Eso es relativo y no del todo cierto. Hablamos gotpeao porque eso en nosotros es autóctono. Cuando la ocasión lo exige hablamos refinado también- «Creo que a esta vieja le caí mal».
-Pero no es solo por la forma de hablar sino por algunas costumbres non santa que practican desde muy jóvenes.
-¡Ah! Ya sé a qué te refieres. Pero dime ¿Tú qué opinas de eso?
-Me parece vulgar y cochino- contestó con desagrado.
Sabiendo que ya había perdido toda posibilidad, le dije:
-Tomemos una copa y brindemos por nuestro encuentro.
-Está bien- dijo de mala gana.
Yo tomé la botella y llené las copas hasta la mitad. Luego tomé unos cubos de hielo con la mano y los puse en las copas. Ella me miró con disgusto.
-Perdón, no había visto las tenazas- Me disculpé.
-¿Allá en tu tierra no las usan en las fiestas?
Esa sí fue la gota que rebozó la copa.
-¡Sí! ¡Claro que sí! Pero ponen una sola tenaza en el baño de los hombres- La chica se paró y se fue.
Le tocó el turno al isleño. La chica se acercó sonriendo y él no cabía de la dicha. Fue amor a primera vista. Fulminante. A los 30 minutos se pararon de la mesa y salieron agarrados de la mano.
Yo había eliminado a todos los demás y él me eliminó a mí, como quien dice “nadie sabe para quién trabaja”.
El isleño ya abandonaba el salón de la prueba. Llevaba abrazada por la cintura a la chica y con la otra mano señalaba y le gritaba al juez: “¡Señor juez, gracias por todo! Le cedo el premio mayor al corroncho, él se lo merece. Chao!”

-Caramba, compadre Fuancho. Entonces barrió con todo el mundo en esas pruebas, por algo ya usted era famoso en nuestra región, ahora lo conocerán en todas partes.
-¡Qué va, compadre! A esas pruebas no le dieron tanto despliegue periodístico, porque era la primera vez que eso se hacía en el país.
-Pero a todas estas compadre ¿Qué pasó con el premio grande? ¿En qué consistía?
-¡Ay, compadre Arnulfo! De eso no quisiera hablar.
-Cómo así compadre ¿Acaso no se lo dieron?
-¡Sí! Sí, claro. Lo que pasa es que cuando me fui yo no le dije nada a mi mujer, ella estaba convencida de que la había abandonado y cuando escuchó la noticia cogió camino y se me presentó allá, preciso cuando recibía el premio que consistía en tres días y tres noches en un hotel de Tolú o Coveñas, con todos los gastos pagos para dos personas.

FIN
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